Pulp Fiction es una película estadounidense del año 1994, ganadora de una Palma de oro y un Oscar, escrita y dirigida por Quentin Tarantino, y protagonizada por John Travolta, Bruce Willis, Samuel L. Jackson y Uma Thurman, entre otros. Debido a sus eclécticos diálogos, su combinación irónica de humor y violencia, y sus múltiples referencias cinematográficas y a la cultura pop, es considerada una de las películas más representativas del cine realizado por Tarantino. En Hispanoamérica la película se distribuyó con el nombre de Tiempos Violentos. Tarantino confirma su talento en esta brillantísima película de acción, con diálogos y toques de comedia delirantes ("Soy el sr. Lobo, resuelvo problemas") al lado de escenas que rayan lo desagradable por su violencia y crudeza. Maravillosamente filmada, de nuevo sorprende su estructura narrativa y, de propina, resucitó para el cine a un Travolta gordito y magistral. Todo un clásico del cine moderno.
Imagina que naces con el aspecto y facultades de un anciano de 80 años pero en el cuerpo de un bebé. Imagina que tu padre te abandonó en las escalerillas de alguna casa debido al rechazo que le causaste. Imagina que tus primeros pasos los distes con la ayuda de un bastón y no la de un andador. Imagina que tus primeros años en vez de pasarlos en un jardín infantil los pasaste en una casa de reposo. Imagina que antes de ir al colegio comenzaste trabajando de cargador en un barco en altamar. Imagina que en vez de jugar a “paco y ladrón” tuviste que defender a tu país en una guerra mundial. Imagina que te enamoraste para toda la vida cuando tenías cronológicamente 10 años pero físicamente 70. Y fue de una niña de 10 años. Imagina un reloj que en vez de moverse hacia la derecha se mueve hacia la izquierda. Imagina que la fantasía de ir rejuveneciendo cuando pasan los años es más jodida que gratificante. Imagina que eres Benjamin Button y eres el protagonista de esta reseña.
“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia” postuló Fitzgerald, y justamente eso presenciamos en “The Curious Case of Benjamin Button”, en donde nuestro héroe debe afrontar la odisea de tener que vivir cronológicamente a la inversa, topándose con el conflicto de que la personas que ama van envejeciendo mientras el va rejuveneciendo.
Y es que fantasías como las de nunca envejecer o poseer vida eterna, están condenadas para siempre a ser simples fantasías, porque dentro del orden de la realidad serían prácticamente insostenibles. Serían agobiantes. Trágicas.
Es por eso que Freud sostenía que los deseos son proscriptos de la consciencia (o reprimidos como erróneamente decimos) debido a que sus demandas son absurdas. Imposibles.
¿Y no es el amor absurdo y paradójico? ¿Es posible sentirlo sin vivenciar su pérdida, sin vivenciar su falta? ¿Es posible el amor sin estar acompañado de sufrimiento?
Cuando Benjamin Button toma consciencia que su vida es diferente a la de los demás, que su vida es curiosa, que su vida es trágica, es cuando se enamora.
Benjamin y Daisy -su amada- se encuentran en un mismo lugar, en un mismo tiempo, pero en dos momentos diferentes que hacen prácticamente imposible su co-existencia como pareja.
Entonces, ¿Cómo podría el curioso Benjamin Button poseer por siempre a Daisy si su trágico destino es morir siendo niño?
Si cuando uno va el otro viene.
Eclipsándose y perdiéndose.
En “The Curious Case of Benjamin Button” (2008), el director estadounidense David Fincher nos presenta una obra digna de todo tipo de palmarés y que cuenta con una selección escogida con pinzas del cine actual. Partiendo con Eric Roth (Oscar en “Forrest Gump“), quien adaptó el guión de un cuento sacado del libro “Cuentos de la era del jazz” del estadounidense Francis Scott Fitzgerald (“El Gran Gatsby”), continuando con un selecto grupo de actores conformados por Cate Blanchett (Oscar en “The Aviator”), Tilda Swinton (Oscar en “Michael Clayton”), y -por supuesto- Brad Pitt (Nominado al Oscar en “Twelve Monkeys“), quien insistió por interpretar a Button en todas las etapas de su vida, teniendo que someterse a casi 5 horas diarias de maquillaje.
Nota aparte se merecen los encargados de los efectos visuales (mejor no sigas leyendo), ya que el Button que vemos la primera hora de la película, no es más que un anciano modificado digitalmente mediante una animación compuesta por una base de datos de miles de movimientos músculo-faciales de Pitt. Y cuando vemos a Button de niño, la cabeza que vemos no es la del pendex, sino que nuevamente la de Pitt vía CGI. ¿Impresionante no?
No puedo olvidar mencionar a nuestro compatriota Claudio Miranda (que viene trabajando con Fincher desde “Se7en”), quien es el encargado de la monumental fotografía que contiene la película. Parece que los chilenos estamos en todos lados.
“The Curious Case of Benjamin Button” es de esas cintas magnánimas y con un buen guión que sorprenden en medio de tanto blockbuster. De esas que te hacen pensar y cuestionar -aunque sea por minutos- el sentido de tu vida. De esas que te entretienen, te dan ganas de recomendar y te hacen debatir. De esas que tienes que ver a la brevedad, y si te fuera posible en el cine, ya que obras como ésta merecen el precio de una entrada. Yo la pagaría por exclusivamente ver en pantalla grande y sonido cabrón la escena en donde Button camina por primera vez.
Si te gusta Tim Burton, Michel Gondry y Jean Pierre Jeunet ésta es la tuya.
“The Wrestler” -ganadora del León de Oro a la mejor película en el pasado Festival de Venecia- es la última entrega de Darren Aronofsky (“Pi”, “Requiem for a Dream”), en donde un sobresaliente Mickey Rourke encarna a Randy “Carnero” Robinson, una especie de Shawn Michaels en la postrimería de su carrera, que sigue viviendo gracias al clamor de sus –cada vez menos- fans y al cual los excesos de la vida le están pasando la cuenta. Estrellándose contra la lona mediante una de las mas complicadas llaves: la del ocaso. En los 80’s, Randy “Carnero” Robinson era el emperador de la lucha libre estadounidense, el patrono de los Main Event, el puto amo del cuadrilátero. En los 80’s sus batallas contra “Brian Hazard” o su clásico rival, el iraní “Ayatollah”, provocaban el éxtasis y la devoción en los wrestlemaniáticos. En los 80’s Randy gozaba de gloria y satisfacción. En los 80’s Randy era Dios. Pero los 80’s terminaron…
Hoy, 20 años después de su apogeo, la verdadera batalla del viejo Randy es contra sí mismo. Contra un corazón hecho mierda por sobredosis de valiums y esteroides que está pasándole la cuenta y le impide seguir luchando. Contra un corazón hecho mierda por una vida solitaria en donde el rechazo de su hija lo daña más que cualquier costilla quebrada, en donde la miseria de los escasos dólares obtenidos en peleas de tercera clase apenas sirven para pagar el arriendo de una casa rodante, en donde el lapdance de una stripper es tal vez lo más cercano a lo que se entiende como amor.
Pero Randy no está dispuesto a dar el Tapping Out en esta batalla. El Pinfall de las adversidades no lo eclipsará tan fácilmente. El Countout no puede llegar hasta 10.
En “The Wrestler”, Mickey Rourke (”Rumble Fish“, “Nine 1/2 Weeks“) encarna al inmortal arquetipo cinematográfico del luchador americano dispuesto a dar una última embestida. Un luchador que vive gracias al recuerdo de un pasado glorioso, y al que el presente se le hace cada vez más trágico e insostenible por ya no ser el mismo de antes. Un ser que sigue viviendo sólo por y del cariño de sus fans. Un ser disociado junguianamente entre Persona y Sombra.
Pero el verdadero protagonista de “The Wrestler” no es Randy Robinson, sino Mickey Rourke, el actor. El mismo que se sirvió a Kim Basinger en ‘Nueve semanas y media‘, el mimado por Bukowski, Robert Rodriguez, y Ford Coppola, el que grabó con David Bowie en los ochenta y a comienzos de los noventa abandonó su prominente carrera actoral para dedicarse al boxeo, realizando así el verdadero sueño de su niñez, el que le significó una etapa de batallas y desdichas personales desde donde rescató el trágico ocaso plasmado en “The Wrestler”. Una etapa que Darren Aronofsky conocía y pretendió metaforizar con la elección de Rourke como protagonista.
Elección completamente acertada (que tuvo bastantes dificultades por parte de Warner Brothers) que hace soñar actualmente a Mickey con un preciado Oscar.
Por momentos el director newyorkino parece contarnos la historia casi como si se tratara de un documental. La cámara sigue a Rourke/Robinson por las calles, se detiene cuando esta a punto de llorar o perder el control, y expone a sus contiguos como si estuvieran testificando y exorcizando sus sentimientos contra él. Cada gesto, cada mueca, cada suspiro, cada silencio y cada estruendo son capturados con una crudeza y delicadeza abismal.
Sin necesidad del abuso de los característicos juegos de edición de sus pasados trabajos, Aronofsky es capaz de sostener “The Wrestler” mediante una tremenda y convincente actuación de Rourke, un notable desplante narrativo y una exquisita banda sonora cargada del rock ochentero de bandas como Quiet Riot, Scorpions, Cinderella y Guns N’ Roses, en donde “Sweet Child O’ Mine” suena apoteósica al mezclarse con una gallada efervescente que clama por la salida al ring de Randy “Carnero” Robinson.